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18 DE MARZO DEL 2013

EL CAMINO DE REGRESO
"Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor." Apoc. 2:4.

Este es el reproche del Señor a la iglesia de Efesos, a la iglesia apostólica de los primeros tiempos, la iglesia que tenía gran celo, que había recibido el Espíritu Santo y había predicado el evangelio con gran poder. El Señor conoce sus obras, su "arduo trabajo y paciencia", pero a pesar de ello ha caído en la tibieza; aquella llama que tuvo una vez, y que como dice el profeta Jeremías "... había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos" (Jer. 20:9) comenzó a apagarse, y cuando la llama del amor se apaga comienza el compromiso, la conveniencia toma el lugar de los principios, y la caída se da progresiva y seguramente hasta llegar a la situación de la iglesia de Pérgamo que sacrifica a los ídolos y comete fornicación espiritual, se deja dominar por los placeres, permite que los deseos de la carne tomen el control de las cosas y la doctrina pierde su autenticidad y pureza.

Esta puede ser la trayectoria de una persona dentro de la iglesia de Dios, alguien que recibió el mensaje con entusiasmo, que conoció el amor del Señor, trabajó arduamente para El, pero con el correr del tiempo, debido a la falta de vigilancia, debido a la negligencia, comenzó a dar marcha atrás y a comprometerse con los placeres mundanos. Esta condición es muy peligrosa, como lo fue con la iglesia que se unió al estado y sacrificó la ortodoxia de su culto, la pureza de su alabanza a Dios. El sábado, el día santo del Señor, para la persona que comienza a vivir con un pie en el mundo, o que habiendo recibido una clara revelación de lo que le queda aún por abandonar para poder entrar en estrecha comunión con su Señor, se niega a hacerlo, se transforma en una ceremonia vacía de contenido, una costumbre, y su vida en una posición teórica, no hay crecimiento espiritual, al contrario, camina hacia la corrupción, la condición de la iglesia del Medioevo, la miserable condición de la iglesia de Tiatira, comparada con la época en que Jezabel, la reina idólatra, mataba a los profetas del Dios vivo. Nuestras acciones idólatras, las debilidades de la carne que permitimos que se manifiesten en pequeños compromisos al inicio, pueden matar los principios, enmudecer la conciencia hasta llegar al punto de no comprender más la profundidad de nuestras transgresiones. Esta corrupción lleva a la condición de la iglesia de Sardis: "Tienes nombre de que vives, y estás muerto" (Apoc.3:1); conduce a la muerte espiritual. ¡Qué situación más terrible! ¡Qué dolor y desesperación! Lo único que le queda es esperar que venga el Señor, "como ladrón en la noche", para arrojarlo en la oscuridad total por no haber estimado el tesoro de la verdad que se le dio gratuitamente. ¡Qué miedo se posesiona de un alma que reconoce que se encuentra en esta situación!
Pero Aquel que dijo a Marta: "Yo soy la resurrección y la vida" , invita al individuo que perdió su primer amor con las palabras del Testigo Fiel a la iglesia de Efeso: "Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las primeras obras..." (Apoc. 2:5) Llama al alma que se comprometió, con las palabras a la iglesia de Pérgamo: "Por tanto, arrepiéntete..." (Apoc. 2:16), y a la persona corrupta que practica el adulterio espiritual, que sacrifica a los ídolos, le da tiempo para el arrepentimiento, como hizo con la iglesia de Tiatira (Apoc. 2:21), y aún cuando se niega a arrepentirse, como lo hizo Jezabel, y llega a la muerte, Aquel que es "la resurrección y la vida" le habla con las palabras a la iglesia de Sardis: "Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete." (Apoc. 3:2) Con otras palabras le dice: "Vuelve al inicio de tu trayectoria cristiana, recuerda lo que recibiste, aprecíalo, haz tus primeras obras, comienza otra vez desde el principio, y yo te ayudaré, yo te daré nueva vida."
El Señor siempre nos invita a regresar a El, ofrece siempre el perdón, da la posibilidad del arrepentimiento. Cualquiera sea la condición en la que nos hallemos, despertemos, alcémonos y pidamos al Señor que nos saque de esta situación, de esta tibieza, reconozcamos que nuestro orgullo nos hace creer que somos ricos cuando en realidad somos "desveturados, miserables, pobres, ciegos, desnudos" (Apoc. 3:17) y roguémosle que nos conduzca a la bendita condición de la iglesia de Filadelfia, a la cual el Señor da ánimo con la maravillosa promesa: "Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra." (Apoc, 3:10) El Señor oirá nuestro grito y nos dará nuevamente un corazón caliente. Escuchemos a Aquel que nos dice: "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias." (Apoc. 3:13) Amén.

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