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29 DE ENERO DEL 2013

AMOR Y ADORACIóN
Ya hemos visto dos ocasiones cuando Cristo habló del primer mandamiento. En la primera, cuando Satanás lo estaba tentando, Jesús dijo que el primer mandamiento nos ordena adorar a Dios. En la segunda, dijo que nos manda amarlo

Ya hemos visto dos ocasiones cuando Cristo habló del primer mandamiento. En la primera, cuando Satanás lo estaba tentando, Jesús dijo que el primer mandamiento nos ordena adorar a Dios. En la segunda, dijo que nos manda amarlo.

-Amo a Dany... es más, lo adoro -dijo Arlín. Ella, por supuesto, no estaba pensando en términos cristianos. Pero, a pesar de eso, no andaba muy lejos de la verdad. La adoración, en términos bíblicos, es una expresión de amor.

La adoración, igual que el amor, es una actitud del corazón. Es una disposición y decisión de conceder a Dios su lugar como Dios, de colocarlo en el trono y darle el sitial de soberano, haciéndolo el Rey de nuestra vida.

Reconocer la soberanía de Dios significa, además, que no trataremos de someterlo a nuestro criterio personal. Rechazaremos la idea de que podemos creer en él solo en la medida en que somos capaces de entender o explicar su naturaleza. De ser así, el punto de partida para creer seda el ateísmo, y avanzaríamos hacia la fe solo a través de esfuerzos racionales. Además, Dios quedaría limitado por el tamaño de nuestra capacidad mental. En este caso, lo que estaremos adorando ya no seda a Dios, sino a algo finito, porque conoceríamos sus dimensiones, su principio y su fin.

Lo anterior no quiere decir que la fe cristiana desconoce o desprecia el valor de la razón o de las evidencias que la sustentan. No es malo examinar estas evidencias, pero ellas no son su base. El conocimiento de Dios y su adoración no empiezan con el razonamiento humano, sino con la revelación. Es decir, Dios primero tuvo que revelarse. No podemos descubrirlo a través de nuestros propios esfuerzos. Y esta revelación de Dios tuvo su máxima expresión en Jesucristo. "Ningún ser humano ha visto jamás a Dios", dijo el evangelista; "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer" (S. Juan 1:18).

Desde sus primeros años Jesús estaba ocupado en enseñar cómo es Dios. Cuando alzaba a los niños en sus brazos y los bendecía, cuando enseñaba a sus discípulos en las orillas del lago, cuando calmó la tempestad y echó a los cambistas del templo; en todas estas cosas estaba diciendo: "Dios es así".

Poco antes de la crucifixión, Felipe dijo: "Señor, muéstranos al Padre, y nos basta" (5. Juan 14:8).

La respuesta de Jesús refleja que esa pregunta le había causado verdadero dolor: "Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: 'Muéstranos al Padre'?" (vers. 9).

Vez tras vez los Evangelios revelan a Felipe como un discípulo que era lento para escuchar y pronto para dudar. Desafortunadamente, puedo empatizar con eso. Pero al tener esta actitud, Felipe corría el riesgo de perder el camino, porque la revelación de Dios no entra a fuerza y a golpes, sino que es concedida a los que están dispuestos a abrir los ojos y los oídos y, sobre todo, sus corazones. En vez de una convicción monumental, todo lo que necesitamos es quitar las barreras y dejar de cerrar los ojos ante la evidencia.

A medida que aceptamos el primer mandamiento, y le concedemos a Dios su lugar en nuestra vida, esa revelación nos es concedida en forma personal. Y esta es la única manera en que es posible conocer a Dios.

Conceder a Dios el primer lugar significa dejar a un lado cualquier idea, interés o pensamiento que compitan con él o disminuyan su soberanía en nuestra vida. Este concepto será la base, el principio fundamental de la verdadera moralidad y de la vida espiritual. Será el criterio rector que usaremos para evaluar el sinfin de decisiones y alternativas que nos confrontan día a día. Cada vez, preguntaremos: Este video, este deporte, esta amistad, este trabajo, esta forma de vestir, esta música, ¿cómo afectará mi relación con Dios? Cuando realmente empezamos a vivir así, entonces el orden y la moralidad comenzarán a tomar posesión en nuestra vida, la paz ocupará el lugar de la angustia y la esperanza ahuyentará a la depresión y la desesperación. Apenas entonces empezaremos a comprender la clase de obediencia profundamente espiritual que Jesús describió en el Sermón del Monte.

 

Miles de generaciones

Algunas personas se sorprenden porque el segundo mandamiento incluye una solemne advertencia: "Soy Dios celoso que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación". Se sorprenden porque Dios dice que es "celoso" y que los hijos y hasta los bisnietos tienen que sufrir por lo que hicieron sus antepasados.

El problema se debe a una lectura superficial del texto. Al observar con más cuidado veremos que el castigo que alcanza "hasta la tercera y cuarta generación" no es una sanción arbitraria aplicada por Dios. El texto dice que el "castigo" que sufren estas personas es "la iniquidad de los padres". Precisamente de esto hablaba el apóstol Pablo en el pasaje que ya citamos. Dice que la adoración de imágenes, la exaltación de lo creado por encima del Creador, quita las barreras y abre paso a la maldad natural del corazón humano. Cuando la gente llega a ser semejante a sus ídolos, la tierra se llena de violencia y el corazón del pueblo se entrega a "injusticia, maldad, avaricia,... envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad". Llegan a ser "chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor [y] despiadados" (Romanos 1:2932).

¿Le parece que sería un castigo vivir en medio de esa clase de gente? Ese es precisamente el castigo que alcanza "hasta la tercera y cuarta generación". Es el resultado terrible contra el cual nos quiere advertir el Señor al darnos el segundo mandamiento. Por esto él es "celoso". El celo humano es una manifestación de amor propio. Pero Dios es celoso por su pueblo.

En contraste con esto, la misericordia, el amor y la benevolencia de Dios se extienden hacia "millares" de generaciones de los que lo aman y guardan sus mandamientos. Esto se refiere, por supuesto, a la promesa de vida eterna. Jesús dijo: "Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo" (S. Juan 17:24).

 

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